La vida es corta. A la mayoría de las personas insertas en el ritmo de los engranajes de la vida moderna, los días se les pasan muy rápidos. Pero cuando viajamos, ocurre algo maravilloso, casi mágico, que hace que se nos confunda la dimensión temporal. 

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Cuando estamos en movimiento el tiempo se mide de otra manera porque vivimos intensamente cosas nuevas, o recibimos demasiados estímulos. Es así como corroboramos esa teoría filosófica que dice que el tiempo es un invento, una convención; esto quiere decir que la forma en que lo medimos es una creación de la mente humana para ordenar el universo. Pero es cierto que en la conciencia, en la memoria, en las vivencias personales, descubrimos dentro de nosotros mismos que el tiempo se vive de otra manera, se dilata o se contrae según nuestras experiencias y sensaciones.

¿Nunca le pasó que se tomó una semana de viaje y luego tuvo la sensación de que en realidad fueron como tres semanas? A mí a veces me pasa que lo que viví el día anterior en un viaje parece que fue hace tres días, porque cada día se lo vive por tres. Además, se vive tan intensamente el aquí y ahora que si alguien pregunta “qué hiciste ayer”, uno necesita hacer un esfuerzo, pensar un poco y ordenar los hechos para acomodarlos en el orden normal de los días.

Generalmente, no estamos seguros de qué fue lo que hicimos ayer porque el paseo por ese hermoso lugar que descubrimos, parece que fue hace varios días por todo lo que vivimos y sentimos en ese intervalo. Vivir más en menos tiempo es vivir intensamente. Y esa es una de las razones por las que viajamos.

Pero cómo es que vivimos más en menos tiempo, simplemente porque al recibir estímulos nuevos por estar haciendo actividades que rompen con la estructura de la rutina, estamos descubriendo constantemente lugares nuevos, personas y hábitos distintos, y hacemos que el cerebro reciba más información que la habitual, o en todo caso, realiza otro tipo de actividad, cambia de dinámica.

Viajando, también nos damos cuentas que hay otras culturas donde el tiempo se vive de manera más relajada, o de forma diferente a la que estamos acostumbrados. Por ahí pasa que estamos tan agotados de la rutina que no buscamos sumar experiencias, sino que queremos descansar; entonces, encontrar estos espacios en donde el ritmo se desacelera desde afuera hacia adentro, nos resulta reconfortante. Pero no se confundan, que la mente no frena, sigue procesando información, pero de otro tipo, diferente a esa que nos tenía agotados, y por eso nos da la sensación de estar relajados.

En esos momentos aprovechamos el tiempo para mirar un poco más dentro de nosotros mismos y para percibir al “otro”; así podemos también compartir con “el otro” cosas que a veces quedan de lado por “falta de tiempo” u oportunidad. Trasladarse en el espacio es una de las maneras de desafiar al tiempo que nos arrasa de manera inevitable, porque también a él lo sacamos de su normalidad.